lunes, 6 de febrero de 2012

Bienvenidos!!


Buenas Noches! Les doy la bienvenida a mi blog: "Historias que contar". 
La idea es compartir con ustedes lo que más me gusta hacer que es escribir. 
Desde chica me apasionó la lectura y a medida que el tiempo pasaba, esas historias leídas abrían paso a mi imaginación hasta que pensé ¿por qué no plasmar en un papel esas ideas que surgen de mi mente? y así fue como empecé a garabatear pequeños cuentos y poesías (la mayoría dedicados a esos amores que pasan por la vida de una) hasta después escribir cuentos de fantasmas, animales y paseos por los bosques para mis motorcitos de vida que son mis alumnos. Ver sus caras de suspenso con cada línea leída me llena de alegría y emoción, preguntarles si les gustó y escuchar a coro un enorme "Síííííííííííííííí" y ver dibujadas esas escenas que mas les gustaron en sus cuadernos, (escenas que por falta de habilidad no se dibujar jeje) me llena de satisfacción.
Por eso, espero que como a ellos, les gusten mis historias, algunas para chicos, otras para no tan chicos!
Me despido de esta bienvenida y les dejo una historia inspirada en el arte de una persona que sí sabe dibujar y no solo bien EXCELENTEMENTE BIEN!!! sus trabajos son increibles! en este caso, su arte estuvo plasmado en un indiecito de papel mache, hermoso que me permitió darle vida a la siguiente historia que titulé:



El músico de Ruki
Hace un tiempo atrás, existió un pueblo llamado Ruki. En él habitaba una tribu de indiecitos. Todos y cada uno de los integrantes tenían su labor dentro de ella y era supervisada obviamente por Mokumbo, el gran cacique. Todos le tenían el mayor de los respetos porque era el más sabio. Pero no era de esos caciques cascarrabias, de los que disfrutan mandar a los demás, todo lo contrario. A Mokumbo le agradaba conocer la opinión de su tribu, qué pensaban acerca de las tareas, si eran justas, si les resultaban muy pesadas, si rendían frutos, etc. Esto hacía que la tribu se sintiera protegida, se sintiera como una gran familia ¡hasta los más pequeños podían participar de las reuniones y darle su opinión al cacique! Pero había un indiecito que sobresalía entre los demás, no por sentirse superior sino porque para él todo podía resolverse con música y alegría. Tan así que se la había pasado todo un día construyéndose unos tambores para poder enseñar su música a la tribu. Se hacía llamar “el músico de Ruki”. Se la pasaba horas y horas tocando en sus tambores llevando alegría a la tribu mientras realizaban sus tareas. El músico de Ruki era una inspiración para todos ya que quien escuchaba su melodía sentía cómo rápidamente bailaban su corazón y su espíritu y así trabajaban con una sonrisa en el rostro. El pequeño estaba muy feliz de poder ayudar a todos pero un día pensó que necesitaba otra fuente de inspiración que no sea en su pueblo por eso, tomó sus tambores y (con permiso de sus papás) comenzó a caminar buscando su inspiración. En su camino vio miles de árboles dando frutos, a los animales jugando en familia, a las flores llenando con su aroma el vasto campo que tenía frente a sus ojos pero sólo una cosa logró llamar su atención. Al final del camino había una gran figura. A simple vista parecía como si fuera una persona parada mirando hacia el horizonte pero al acercarse comprobó que era una escultura, una gran escultura con forma humana. Se acercó para verla más de cerca. Con el sol acariciando su rostro, no podía dejar de mirarla hasta que de repente escuchó una voz que le dijo:
-“¿Lindo día para componer no?”.
El niño no sabía de dónde provenía esa voz hasta que miró hacia arriba y la vio. Una cabeza enorme se encontraba en la parte superior de la escultura. Sin salir de su asombro, la cabeza le siguió hablando:
-Desde acá puedo escucharte tocar. Debo decirte que eres muy habilidoso. Hasta los animales descansan y disfrutan de tu música pero ¿qué te trae por acá?
El músico de Ruki aún pasmado logró balbucear algunas palabras:
-Eee…essst…estoy buscando una nueva fuente de inspiración señor. Algo que me motive a seguir componiendo música para alegrar a mi tribu.
-Estoy seguro que acá lo vas a lograr. No conozco a nadie que no haya logrado inspirarse en este lugar.
Luego de escuchar esas palabras, todo quedó en silencio. Los pájaros ya no cantaban, los animales volvían a sus madrigueras, los árboles dejaban de mover sus ramas. Parecía que todo se había apagado, incluso el sol que ya no brillaba como antes. En ese momento, el niño no entendía qué estaba sucediendo. Pensó que tal vez sería hora de volver a casa y que mañana regresaría para empezar a componer algo lindo sin distracciones. Esa noche, no podía sacarse a la escultura de su cabeza. Daba vueltas y vueltas sin lograr conciliar el sueño. Cuando pudo cerrar los ojos, tuvo un sueño muy raro…estaba en el mismo lugar donde había estado pero algo era diferente. Era un lugar que definitivamente no podría inspirar a nadie. Un lugar sin color, sin alegría, los pastos y flores estaban secos ya sin vida, los animales peleando por el territorio no mostraban signos de alegría y unión como los había visto el músico de Ruki aquella tarde. Lo único que estaba exactamente igual, era la escultura. Seguía erigida ahí, tan imponente como la recordaba, con el rostro iluminado de bondad, amabilidad y alegría. La cabeza de la escultura volvió hacia el músico y le dijo:
-¿Esto no es muy inspirador verdad? Es la peor cara de este campo pero confío en que lo podrás revertir. Eres muy capaz e inteligente. Dependo de ti para que me ayudes a mí también.
Luego de eso, el niño despertó sobresaltado.
-Sólo fue un sueño. Se dijo. Salió de la carpa y se dirigió hacia el río para refrescarse y despejar su mente pero en medio de su tranquilidad, vio reflejada en el agua la escultura pidiendo su ayuda y diciéndole que no sólo había sido un sueño. En ese momento salió corriendo del río hacia el campo. Tenía que comprobarlo. Iba a toda prisa cuando escuchó que a lo lejos lo llamaban sus padres. El gran Mokumbo convocaba a la tribu a una reunión y nadie podía faltar.
-Pero mamá, esto es importante.
-La reunión también lo es. El gran cacique nos espera.
El niño tuvo que irse y atender a las obligaciones de la tribu.
Luego de varias horas con el cacique, el músico de Ruki perdió la noción del tiempo jugando con los demás niños y divirtiéndose con sus tambores. Cuando recordó su misión, salió corriendo hacia el campo. El sol ya estaba terminando de ocultarse por lo que no estaba muy clara la visión. Al llegar, nada era como lo recordaba, más bien se parecía a su sueño, a ese lugar oscuro y triste del que se había despertado atemorizado. Sin pensarlo, buscó a la cabeza. Al llegar al lugar donde se hallaba la escultura, ésta también había cambiado. Su aspecto, nada tenía que ver con aquella bondad que reflejaba la anterior. Al verla se erizaba la piel, uno se quedaba sin habla, inmóvil sin saber hacia dónde ir. Ese rostro no demostraba ser amable, sino todo lo contrario. Era más bien sombrío, oscuro con un dejo de maldad en sus ojos…
-¿Qué es lo que quieres aquí? Nadie te ha invitado.
-Vengo a recuperar lo que le pertenece a la tierra y los animales. Definitivamente esto no es lo que se merecen.
-¿Ah si? ¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Contándoles estas historias a tu tribu? ¡Ha! Seguro te creerán. Le dijo la malvada cabeza.
-¡Nooo! Interrumpió el niño. Tengo algo mucho mejor que hacer, algo que a todos pondrá feliz incluso hasta el corazón más duro.
En ese momento, tomó sus tambores y tocó la melodía más dulce que jamás había podido imaginar. Descubrió que esa era la inspiración que había estado buscando durante días y no se detuvo. Tocó y tocó y tocó abriendo su corazón. Al mismo tiempo comenzó a darse cuenta que desde sus tambores se desprendían distintas notas musicales quienes ayudadas por el viento, iban recorriendo cada rincón del campo en el que estaban. Envolvieron los árboles y las flores elevando su perfume por todo el lugar, lograron que los animales dejaran de pelear y comenzaran a trabajar en equipo para recuperar la paz y la alegría que les correspondía, ese lugar que la cabeza de corazón oscuro les arrebató al caer el sol. Poco a poco, las cosas empezaban a encauzarse pero aún la cabeza sentía que podía ganar. Se sentía confiada porque no habían descubierto la verdadera fuente que les garantizaría la victoria.
-Dicen que la música mueve montañas pero ustedes no creo que muevan ni siquiera una brisa. Les dijo la cabeza.
Luego de esas palabras, el viento comenzó a soplar haciendo que las nubes despejaran el cielo.  En ese instante, brilló en el firmamento la luna más grande y llena que jamás habían podido imaginar.
-¡Eso es! Dijo el niño. Cantemos a la luna amigos. Sólo así recuperaremos nuestro lugar.
Y así lo hicieron. Todos juntos siguieron con la melodía que el músico de Ruki había empezado a tocar. Poco a poco, la luna iba haciéndose más grande y brillante bañando con su luz todo lo que los rodeaba incluso a la escultura que había empezado a cambiar bajo la luz de la luna. La verdadera cara, alegre y amable que el músico de Ruki conocía hacía lentamente su aparición. Mientras que la otra, la oscura de corazón, empezaba a endurecerse como la roca. Cantaron y tocaron los tambores toda la noche hasta quedarse dormidos.
-Sabía que no ibas a fallarme pequeño músico. Sólo alguien puro de corazón como tú podría haberlo hecho tan bien como lo hiciste. Gracias por devolverle la paz a este lugar y a nuestra tribu.
Al escuchar eso, el niño se despertó sonriendo. Abrió sus ojos y estaba el gran cacique Mokumbo sentado a su lado contemplando el amanecer.
Sweet Princess

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